Compartimos con vosotros el quinto relato del proyecto “Cuentos guatemaltecos”, en colaboración con el Profesor Stefano Tedeschi y el Dipartimento di Studi Europei Americani e Interculturali de la Univesidad La Sapienza, en el que os presentaremos nueve cuentos de autores guatemaltecos contemporáneos, en versión española e italiana, traducidos por los estudiantes de maestría en Scienze linguistiche, letterarie e della traduzione. Es una oportunidad para conocer una narrativa viva y rica que se manifiesta en las más variadas formas del cuento.

 

Rafael Romero nace en 1978 en Jocotenango, Guatemala. Escritor y poeta, se inició a la escritura a los 17 años, tras haber leido las obras de grandes autores latinoamericanos como César Vallejo, gracias al cual se acerca a la poesía, Jorge Luis Borges, Carlos Fuentes y otros. Se ha licenciado en Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala, y desde 2011 empieza a publicar sus obras, entre las cuales: Distensión del ansia (2011), Nadie advirtió el rencor de las precipitaciones (2015), ambas colecciones de poemas, Génesis y encierro (2011), antología de relatos, las novelas El Elegido (2012), Chichicaste (2013) y Zánganos (2014), y Epifanía doméstica de la nostalgia pura (2019), antología a la cual pertenece este cuento. Con un lenguaje y un estilo sobrio y claro, Romero cuenta y describe la sociedad en la que vive. Además, es el creador de la revista virtual “Te prometo anarquía”, donde recoge nuevas propuestas literarias y artísticas de Guatemala. Parte de sus trabajos ha sido incluido en algunas antologías, como Ni hermosa ni maldita, Literatura guatemalteca actual (Alfaguara, 2012) o Las vueltas abiertas de América Latina, Sospechosos en tránsito (Demipage, 2017). Actualmente vive en Madrid y trabaja como editor y responsable de servicios editoriales.

 

 

GUATEMALA

Rafael Romero

 

 

En un pequeño comedor de la zona 7 capitalina, un hombre cualquiera pasa el tiempo sorbiendo lentamente una Pepsi-Cola. Un cenicero, cerca de su brazo derecho, contiene dos colillas apachurradas y un bodoque blanco, un chicle. Es el único cliente, quizás por el aguacero que golpea las calles o porque son las cuatro y media de la tarde, y el comedor se ha vaciado. A punto de dar el último trago, nota que un viejo entra, un tanto acelerado, deja un paraguas enorme y desteñido cerca de la entrada, dice unas palabras incomprensibles (habla consigo mismo, más bien), y se acerca al mostrador no para comprar sino para pedir sencillo de un billete de cien quetzales. Podríamos pensar que acaban de pagarle un trabajo atrasado y que por su aspecto puede que sea albañil o marmolista. Su idea es comprar unas chucherías para sus nietos antes de llegar a su casa, llegar a la misma esquina de siempre y comprárselas a Calín, el chiclero. Hay un radio con dos pequeñas bocinas sobre la refrigeradora. El viejo, con un rostro que bien podría ser el de un tacuazín o el de una rata —según el criterio de quien con mínima imaginación lo explore de cerca—, parece resentirse al notar que el volumen es excesivo y se mueve un poco hacia atrás atento a los movimientos de la dependiente, una mujer de unos cuarenta años que da la sensación de que habla para dentro o con alguien que sólo existe en su interior, una mujer —todo sea por apegarnos a la realidad—, de aspecto anfibio. Sus gestos, mientras hace cuentas con las manos debajo del mostrador, no son precisamente de tranquilidad ni de agrado. Mientras el viejo se sacude lo mojado de los mangas de su suéter, decide girar su cuerpo para darle un repaso visual al comedor y entonces se topa con la mirada seria del otro, y le sonríe. Una sonrisa instintiva, espontánea. El otro no responde ni con una mueca, continúa así, impasible, con el dedo índice metido en la boquilla de la botella, balanceándola sobre su base como si se tratara de una perinola. El viejo parece impacientarse o quizás presiente la molestia que está ocasionando y le dice a la mujer que mejor le sirva un café con leche, sí, un cafecito, repite, y que lo cobre del billete (como si esa fuera la mejor manera de arreglar el inconveniente que la mujer prevé: quedarse sin sencillo). Como si fuera algo realmente importante de aclarar, añade casi de inmediato que se va a sentar esperar a que pase el agua y que si es tan amable de bajar un poco el volumen. A la vez que abre la refrigeradora para sacar la leche, la dependiente sube la mano y baja el volumen del radio, tanto, que por la lluvia casi no se oye. El viejo se sienta, dándole la espalda al otro. Este deja la botella sobre la mesa, al lado de cinco quetzales en monedas, lleva su brazo hacia atrás, saca una Bersa 9mm de la cintura, se levanta, da unos pasos y dispara tres veces, a quemarropa, como si alguien lo estuviera manejando a control remoto. Luego, evita la mirada de la dependiente (que grita de manera salvaje y huye a la cocina), patea el paraguas y sale del comedor con una tranquilidad que destila una resignación y desgano, como un coyote que deja atrás a maleza en donde encontró lo poco que quedaba: huesos relamidos y pellejos disecados. La lluvia continúa perenne y el hombre se aleja pegado a las paredes de las casas, evidentemente molesto, con ganas de dispararle a los carros que pasan demasiado rápido, salpicándolo, o de llegar a su casa para golpear a su mujer, para agarrarla del pelo, zangolotearla y estrellarla contra el ropero, o para amedrentar y amenazar a una de sus hijas, la que acaba de cumplir trece años, porque en la colonia se rumorea que ya tiene varios novios. Entonces corre, como si presintiera que alguien lo está llamando y, mientras lo hace, intentando esquivar los pequeños charcos que se forman en las banquetas deterioradas, empujando a dos o tres peatones que se atraviesan en su camino, recuerda la figura del viejo y masculla en su cerebro lo siguiente: “Cuando Vicente Fernández esté cantando que no se te ocurra decir que le bajen volumen, pedazo de mierda, y menos cuando la canción vaya a medias. Es una falta de respeto, es una gran falta de respeto”.

 

 

 

© Rafael Romero, 2019. Todos los derechos reservados.

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