de Elisa Cilia

 

“La noche puede ser más larga, si quiero”. Esto pensaba, mientras se tomaba una copa de vino blanco, enrollaba un cigarrillo y encendía la luz más floja de la habitación. Un rincón de la pared color crema, totalmente vacío, era su punto de inspiración. Su punto de espera, el más amplio, su esperanza, la más plena, su principio de cualidad.

Algo de enrevesado era lo que quería desatar, una lucidez que con ganas mandaba a tomar por culo. Cubrir ese color crema con la resaca del humo, los dedos que ardían.

El poder benéfico del sufrimiento, la catarsis bohemia del vino y la idea de escribir una historia sin la historia.

Se clavaba un martillo de voluntad en el corazón, el vino lo propagaba todo, los cigarrillos hablaban de Bukowski y de esa lluvia que tamborileaba en el andamiaje que los obreros habían montado hace unos días.

“Una grieta en la pared”, observó en un momento de vacío. La realidad tangible vacilaba debajo de la mirada, cada línea parecía saltar dentro de los ojos, el corazón recibía una cantidad indeterminada de sangre. El vino.

Un tiempo sutil rozaba entre los dedos, un silencio se quedaba entre la garganta y la lengua, miles de palabras abarrotaban la cabeza. Decidió revelar la identidad dormida debajo de esas mantas brutas de yute,  desatar los nudos del estómago. Cerró los ojos: había escaparates y sombras turbias, eslóganes fascinantes, tiempos indefinidos y grandes explosiones de corazón. Una escalinata, y debajo una ciudad llena de luces. Pero siempre era de noche. Siempre era un blanco y negro, un andante moderato. La plenitud del indefinido embestía cada paso, seguía un cruce de sensaciones, se superponían las caras, los estados de ánimo. Empezaba la confusión.

Habría querido hablar con la tecla de su piano, mezclar las blancas y las negras. Dedicarse un acorde mal hecho para desencadenar esas ganas de error que la devoraban. Erro, ergo sum.

“Sigo en esta página vacía. ¿Qué conclusión?” La lluvia disentía. Y el vino también. De crecida del río a cascada, sin flotador, golpeando las piedras con la cabeza, con el estómago. Convertir en jirones las distancias, la oscuridad, la condición. Empezaba a fluir, se desencuadernaban los minutos. Calma. Inquietud.

“Crear, sufrir. No huiré, estoy aquí. Y voy al súper para comprar vino, porque hace correr esta tinta. Tengo ganas. Contar dos suspiros de distancia del sueño y esperar para atraparlo. No lo abraces ahora, no. Lloro leyendo a Frankenstein”.

Traductor, traidor. “¿Pero, qué es esto?” Nada. ¿Acaso el resto significa algo? Y deseaba enfocar un pensamiento coherente, pero al solo percibir ese propósito la lluvia empezó a hendir el aire con una fuerza abrumadora. Y quería caer junto con esa lluvia, estrellarse en el asfalto, volver a subir, caer otra vez. Por un tiempo sin malecones.

“¿Malecones?” Confundirse más, todavía. Por el gusto de hacerlo, por las ganas de aguantar la confusión con firmeza, por ser el tirano de su mismo yo.

“Sobre mi dolor nadie sentenciará. La autonomía del yo”.

A un paso de distancia del contacto, siempre un paso de sobra. “Mira estos bolígrafos, todos de colores”. Escenografía complicada e inútil, si cuatro piernas que bailan el tango no se enredan, no bailan. “Está claro, es correcto, es obvio. No me importa”.

Hay fotografías, más cigarrillos. Astor Piazzolla. Perdía el contacto. ¿Seguir para decir qué?
Vaciar el vacío es imposible, tener la culpa solo para ver la razón trazar las líneas de su figura detrás de esa lámpara. Una guitarra, pero es tarde. Exhumar, no resumir.

15 de febrero de 2011

Decidí descubrir de aquel cúmulo bruto
de mantas de yute esa identidad.
Dormirse casi siempre
con la imagen de dos labios diferentes,
el corazón inalterado.
Sumo las diferencias y
no encuentro diferencia.
Esa boca, cada noche,
me recoge en el beso del mundo.
Dormir sobre tu lengua
y en la mordedura del deseo que recibes.
Persisto en lo irreal, que es tan verdadero.
Nos cubriremos de yute.
Y de un beso. Quizá.

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